Eli y el Manantial Que Olvidó Cantar
Eli había recorrido el linde del Bosque de Espino Negro un centenar de veces, pero nunca había visto brillar las setas. Esa noche se encendían una a una, formando un sendero serpenteante de pálidas linternas que llevaba a donde los mapas no llegan. Sabía que debía dar media vuelta. En cambio, siguió adelante.
Cuanto más se adentraba, más parecía notarlo el bosque. Las ramas se inclinaban muy cerca, y el viento traía palabras que casi entendía. "Bienvenido", crujió un roble anciano, aunque Eli estaba seguro de no haber pisado aquel lugar en su vida.
En un claro suavizado por el musgo, esperaba un hada no más alta que su pulgar. Sus alas brillaban como el rocío al amanecer, y una sola semilla de diente de león descansaba sobre su cabeza como una corona. "Soy Fenn", dijo. "El manantial en el corazón de este bosque ha quedado en silencio, y sin su canción el bosque empieza a olvidarse de sí mismo. Hemos esperado mucho tiempo a alguien que aún se detuviera a escuchar."
Eli la siguió hasta las raíces de un gran abedul plateado. El manantial estaba allí, pero ahogado por años de hojas caídas, y encajada debajo yacía una vieja barca de madera, medio podrida, tapando el agua como un corcho. Cualquiera podría haber pasado de largo. Eli no.
Trabajó con cuidado, levantando cada hoja empapada, apartando a un caracol dormido hacia un lugar más seguro, probando la barca antes de tirar. Se soltó de golpe con un borboteo, y el manantial tomó su primer aliento claro en años. Luego empezó a cantar, bajito al principio, después brillante y saltarín, salpicando el musgo con frías gotas plateadas.
Todo el bosque pareció exhalar. Las luciérnagas despertaron temprano. Los viejos árboles se irguieron, como si recordaran lo altos que eran en verdad. Fenn se acercó y posó la punta de un dedo en la mejilla de Eli. "Escuchaste cuando importaba", dijo. "Esa es una magia más rara de lo que crees."
Eli volvió a casa en la oscuridad, sin miedo. Y desde entonces, en cualquier bosque, en cualquier lugar, las hojas susurran su nombre, y él siempre les susurra con amabilidad.
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