Mia y el Huevo del Sol
La niebla matutina se rizaba sobre el bosque de helechos mientras Mia caminaba de puntillas junto a un Stegosaurus dormido. Sus placas subían y bajaban como pequeñas velas verdes en un mar que roncaba. Mia contuvo la respiración. Hoy era el día en que encontraría el Huevo del Sol perdido, del que la abuela Triceratops le había hablado junto al fuego cálido la noche anterior.
"Solo sigue el río que canta", había dicho la abuela Tri, "y escucha el zumbido de las abejas que son más grandes que tu mano."
Mia saltó sobre un charco que olía a menta silvestre. Un pequeño Compsognathus corrió junto a sus botas, chirriando como una tetera. "¿Vienes conmigo?" susurró Mia. El pequeño dinosaurio parpadeó dos veces, lo que Mia decidió que significaba sí.
El río que cantaba realmente cantaba, una canción baja y rodante que rebotaba en las piedras lisas. Mia siguió su melodía hasta llegar a un claro donde la luz del sol se derramaba en cintas doradas. Allí, acurrucado en un lecho de musgo, brillaba el Huevo del Sol. Estaba cálido como pan recién hecho y relucía como un amanecer atrapado en cristal.
Pero un suave estruendo sacudió el suelo. Un Tyrannosaurus, más alto que tres árboles, entró en el claro. Sus ojos estaban cansados y su vientre gruñía como un trueno lejano.
El corazón de Mia tamborileaba, pero recordó la otra lección de la abuela Tri: todo gigante alguna vez tuvo miedo también. Le ofreció un puñado de bayas dulces de la selva. El gran dinosaurio olfateó, luego bufó un resoplido feliz que revolvió el cabello de Mia.
Juntos llevaron el Huevo del Sol de vuelta a casa, donde eclosionó en una pequeña cría dorada que se reía (sí, se reía) cada vez que Mia sonreía. Y eso, estuvo de acuerdo la manada, fue el amanecer más valiente de todos.
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