Maya y la Piedra Valiente
Maya estaba en la puerta de la escuela, sosteniendo su mochila con ambas manos. La mochila era nueva. Los zapatos eran nuevos. Incluso el cielo se sentía nuevo, de alguna manera más brillante que el cielo de ayer. Dentro de su estómago, un pequeño grupo de mariposas practicaba piruetas.
Mamá se arrodilló y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja. "Sabes lo que significan las mariposas, ¿verdad?" susurró.
Maya negó con la cabeza.
"Significa que algo emocionante está a punto de suceder. Los corazones valientes y las mariposas siempre viajan juntos."
Maya respiró hondo, como habían practicado. Entrando por la nariz. Saliendo por la boca. Las mariposas no desaparecieron, pero volaron en una forma más amigable.
Dentro del aula, todo brillaba con botes de pintura y pequeñas sillas de colores alegres. Una niña con dos coletas saltarinas saludó desde la alfombra. "Soy Amara", dijo, como si fuera lo más fácil del mundo. "¿Te gustan los dinosaurios? Te estoy guardando un sitio."
Maya asintió tan fuerte que sus propias coletas rebotaron. Se sentó junto a Amara y el sitio era, de hecho, el sitio perfecto.
La maestra, la señorita Olu, tenía una sonrisa como un amanecer. Le dio a cada niño una pequeña piedra lisa. "Esta es tu piedra valiente", dijo. "Siempre que sientas mariposas en el estómago, sujétala fuerte y recuerda: puedes hacer cosas difíciles."
Maya apretó su piedra. Las mariposas hicieron una última pirueta y luego se acomodaron en un suave y feliz zumbido.
Al final del día, mamá la esperaba en la puerta. Maya corrió hacia ella, con la piedra valiente caliente en su bolsillo. "Hice una amiga", anunció. "Y las mariposas se quedaron. Pero creo que les gustó."
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