Sofía y el Erizo de Sol
Sofía tenía un Gran Sentimiento posado en su pecho. Era cálido y espinoso, como un erizo hecho de sol y alfileres. No sabía su nombre. Solo sabía que le daban ganas de patalear y esconderse al mismo tiempo.
El abuelo se dio cuenta. Siempre lo hacía. Se sentó en el suelo junto a ella y no dijo nada durante un minuto largo y lento. Luego abrió las manos como un librito.
"Algunos sentimientos," dijo suavemente, "solo quieren ser escuchados."
Sofía frunció el ceño. "Pero es demasiado grande."
"Entonces hagámoslo más pequeño juntos," sonrió el abuelo. "Inhala como si estuvieras oliendo cacao. Mantenlo. Ahora exhala como si lo estuvieras enfriando."
Sofía lo intentó. Inhalar, mantener, exhalar. El erizo se movió, pero se quedó.
"Dime de qué color es," dijo el abuelo.
"Rojo," susurró ella. "Y un poco naranja por los bordes."
"¿Y qué forma?"
"Puntiaguda. Pero suave por dentro."
El abuelo asintió como si ella hubiera dicho algo muy sabio. "Eso suena a Frustración. Él visita a todo el mundo, sabes. Incluso a mí."
Sofía parpadeó. "¿Incluso a ti?"
"Incluso a mí. Solo quiere saber que lo notamos. Luego se va a casa a tomar el té."
Sofía se llevó una mano al pecho y dijo, muy educadamente, "Hola, Frustración. Te veo." El erizo se ablandó. Sus púas se convirtieron en pétalos. Lentamente, flotó hacia arriba y fuera de ella, a la deriva por la ventana abierta como un globo que regresa a casa.
La habitación se sentía más grande. Sofía también se sentía más grande, de la buena manera. Se apoyó en el hombro del abuelo, y los dos vieron las cortinas respirar hacia adentro y hacia afuera con el viento.
"Gracias," susurró ella. No solo al abuelo, sino al Gran Sentimiento por visitarla y por irse.
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